Entre el 7 y 8 de marzo, se sucederán dos conmemoraciones francamente antagónicas: por un lado, el Día de la Familia, cuya celebración se formalizó hace apenas unos cuantos años a nivel nacional y que simboliza y aplaude la conservación de una institución marcada por la división sexual del trabajo, la preeminencia económica y cultural del padre, el “jefe de familia”, —salvo en tiempos más recientes, donde la situación en este último rubro se ha modificado a causa de la creciente inserción por parte de la mujer en el mundo laboral burgués—, la dependencia de la madre y de los hijos y la autoridad ejercida por el primero y la segunda, pero en particular por el primero, sobre estos últimos, cual si se tratase de una propiedad privada; por otro lado, el Día Internacional de la Mujer, representante de las luchas históricas por las que el género femenino ha recuperado su justo reconocimiento como agente y sujeto de las transformaciones sociales.
En otras palabras, mientras que el Día de la Familia, aun cuando puede llegar a exaltar en el discurso la equidad de género, hace alusión implícita a una constitución familiar insertada en el mundo burgués y, por tanto, desigual, individualista, inconsciente, en el que la violencia del hombre sobre la mujer —y viceversa— sigue estando, a fin de cuentas y por una necesidad orgánica del sistema, a la orden del día, el Día Internacional de la Mujer nos habla de la esperanza de un mundo nuevo, comunitario, consciente, en el que las justificaciones infundamentadas o no válidas de nuestros comportamientos quedarán, junto con éstos, erradicados, y en el que el bienestar individual aparecerá indisolublemente ligado al bienestar universal.
En esta sociedad futura, creemos, la familia dejará de ser el órgano disfuncional en el que se ha convertido y pasará a ser, más bien, una unidad real de convivencia: sus integrantes, independientemente de su sexo o de las relaciones afectivas que mantengan entre sí, además de ser parte activa del desarrollo cultural y material de la comunidad a la que pertenezcan (el ámbito público), trabajarán coordinadamente para solucionar los problemas mediatos e inmediatos que vayan surgiendo en el proceso de conservación tanto del espacio físico donde habiten como de la integralidad de los vínculos humanos que desarrollen a partir de este hecho (el ámbito privado). Los hijos, en caso de que existieren, no serán más una propiedad privada de sus progenitores; su educación correrá a cargo y estará en buena medida vigilada por la comunidad, a la que se integrarán —a ésa o a cualquier otra, según su deseo— en el futuro como sujetos activos y transformadores de su devenir histórico.
De acuerdo con todo lo anteriormente dicho, podrá comprenderse que estas líneas no apuntan hacia una exaltación meramente simbólica, cuasi mágica, del día 8 de marzo; tampoco le lanzan vítores a la mujer abstractamente burguesa, ni proponen, caminando hacia un extremo indeseable, la inferioridad del hombre con respecto a la mujer; por el contrario: el Día Internacional de la Mujer, debe verse, recurriendo a su original significado, como un llamado a la acción para la mujer y el hombre conscientes, constructores de una sociedad auténticamente universal, donde la vida humana, mortal, finita, de cada uno de nosotros, se convierta, día tras día, en una experiencia verdaderamente entrañable.
Este mundo es y será posible; nuestra primera misión para alcanzarlo será la de adquirir conciencia, responsabilidad comunitaria, humildad y disposición no sólo para autocriticarnos constantemente y reconocer nuestros errores, sino para cambiar nuestras creencias y nuestro propio modo de vida cuando descubramos que se basan en fundamentos falaces. Celebremos, pues, en este sentido accional, el Día Internacional de la Mujer.
México, D.F., a 4 de marzo de 2010.
Responder