En 1910, y aún hasta el presente, México fue y ha sido, si bien con varias transformaciones y disminuciones en su número de feligreses, un país eminentemente católico. Una retrospectiva de nuestra cultura no puede, por tanto, ignorar este hecho.
El miércoles pasado fue, de acuerdo con el calendario religioso, Miércoles de ceniza, conmemoración con la que da inicio un periodo ritual que se extiende hasta el mes de abril, el de la llegada de la Pascua, y que representa la festividad más significativa dentro del mundo cristiano.
Este rito católico, al lado de otros como la Navidad o la Epifanía —y de varios más no católicos—, más allá de las manifestaciones institucionales y la deformación comercial de la que ha sido víctima, posee un riquísimo sentido simbólico-mitológico original que hace referencia a los grandes cuestionamientos universales: la lucha del bien contra el mal, de la vida contra la muerte, del caos contra el orden, de la resurrección, y que, por tanto, debe ser rescatado.
De lo que se trata, entonces, es de ubicar nuevamente el significado genuino de la herencia católica de la Semana Santa en México, su impronta en nuestras costumbres contemporáneas, sus vínculos con las cosmogonías de Mesoamérica, sus tensiones con la denominada ‘cultura de la modernidad’; para ello, será necesario hacer un viaje hasta el punto de concentración e irradiación iniciales del catolicismo hispano: la España de la Edad Media, pasar detenidamente por el México colonial y barroco, el independiente, el reformista, el porfiriano, el revolucionario —sin olvidar aquí, por supuesto, la eventualidad de la guerra cristera—, el moderno y el actual. Ésta será, también, una forma auténtica de celebrar nuestra historia.
A partir de hoy, tomando como nodo de arranque el Miércoles de ceniza, y a lo largo de la Cuaresma y la Pascua, esta columna hará una indagación en la temática mencionada. El primer escalafón será la concepción alegórica del Carnaval y la Cuaresma que aparece en un texto escrito en el lejano año de 1330, en plena época medieval, por un curioso e inquieto prelado de la Iglesia Católica; hablo de Juan Ruiz, arcipreste de Hita, y su Libro de buen amor, pero de él nos ocuparemos dentro de quince días.
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